Un sol que abrasa

Hacía como seis años que Luis Miguel no venía a Sevilla. Seis años en los que han pasado muchas cosas con el mexicano. Engordó, se retiró, tuvo problemas judiciales… Hasta que llegó a Netflix su serie, autorizada por él, exorcizó sus demonios interiores y… resurgió. Porque cuando se ha tenido una infancia tan terrible como la de este artista -fijaros cómo será que se han sacado camisetas con la frase dedicada a su padre, “Te odio Luisito Rey”-, es lógico que uno arrastre mierda interior -con perdón- que, o la sacas, o, como arenas movedizas, te termina atrapando.

Parece ser, por lo que se ha visto, que el divo ha conseguido arrancarse al menos gran parte de todos esos demonios y eso, claro está, ha revertido en una mejora física inmediata y, lo más importante, en haber recuperado esa flamante e inmaculada sonrisa con la que, durante tres horas, desde que sale al escenario hasta que se va, no se le borra de su bronceadísimo rostro. Es más, sus fans más férreos dicen que está más simpático que nunca y que hace cosas -como la de saludar a las primeras filas- que nunca antes había hecho.

Eso sí, a nivel de arreglos musicales su renovación ha sido poca, cantando lo mismo -y con el mismo sonido- de hace décadas. Un espíritu de los noventa que comparte con tanta, tanta voz que llega un momento en el que, tanto sol, empieza a abrasar. Aparte, sus tics gestuales a la hora de actuar rayan un poco lo caricaturesco, algo bastante típico al dejar de ser persona para convertirse en personaje. Caras y cruces cuando se es historia viva del mundo del espectáculo.

 

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