Un rockero llamado Raphael

 

El cantante lanza hoy su nuevo disco, “Infinitos bailes”, después de una controvertida presentación en la discoteca “Joy Eslava” de Madrid

por Ricardo Castillejo

Titular una noticia “Raphael tima a sus fans más veteranos”, como se ha leído en algún medio por ahí, es ponerle en bandeja a quienes llaman a la profesión periodística “la canalla” que hagan esa consideración porque estoy completamente convencido que el cantante no tenía ni idea de lo que pasó el miércoles por la noche en la discoteca Joy Eslava de Madrid. Es más, si la empresa que lo organizara –y que fuera responsable de lo que pasó-, se arriesgó a que se montara el escándalo por lo que supusiera la recaudación de entradas –que, al final, por mucho que fuera no debía ser mucho-, mejor que se dedique a otro tipo de negocio porque en éste la lleva clara.

El caso es que hubo parte de la audiencia del pequeño aforo del lugar que pagó 85 euros por un concierto, que lo hubo, y por un cóctel-cena, que es bien cierto que fue escaso. Pero poco más. Es decir, que Raphael hizo lo que venía a hacer: presentar un disco llamado “Infinitos bailes” demostrando que, a sus 73 años, aún puede ser un rockero más rodeado de guitarras eléctrica y una batería y vestido con “chupa” de cuero como en este tipo de intérpretes se espera.

Los temas, compuestos por autores tan destacados (y jóvenes) de nuestro país como Manuel Carrasco, Rozalén, Vega o Bumbury (quien ya hiciera algunas canciones para el “niño de Linares” en algún álbum anterior), son de una factura impecable. Actuales, contundentes, se adaptan a la voz del intérprete como un guante y lo devuelven, tras un trabajo sinfónico con el que repasaba algunos de sus “hits”, al siglo XXI en el que estamos y en el que esta “estrella” sigue brillando como siempre.

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Había público mayor pero también había público joven que vibró con Raphael como puede vibrar con Dani Martín pero que contó con el añadido de esa experiencia del divo gracias a la que convierte cada melodía en una historia con vida propia. Feliz por ser la primera vez en su trayectoria en la que “vestía de gala” un disco de esta forma, a pesar de lo accidentado del experimento, los tres cuartos de hora de actuación merecieron la pena. Los grandes del “show business” americano dan menos y los espectadores se vuelcan con ellos pero está claro que a nosotros nos cuesta darle a cada uno su lugar. Y si no, vayan a una discoteca donde anuncien a Ylenia, la del “tiki tiki”, y sorpréndanse con cómo sale en loor de histéricas multitudes agradecidas a llenarse el bolsillo en cinco minutos de comparecencia. Tan surrealista…

 

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