Un cumpleaños alejado de la mirada pública

 

Carolina de Mónaco, la primogénita de Grace Kelly y Rainiero III supera hoy la barrera de los sesenta años ocupando un perfil bajo dentro de la familia real monegasca, aunque sigue siendo un auténtico icono de estilo

por Pepo Rocha

 

Desde muy pequeña siempre ha sido uno de los personajes más reclamados por las portadas de la “prensa rosa”. Sin embargo, en esta última etapa, Carolina de Mónaco dosifica sus apariciones en actos sociales muy concretos. Ayer, por ejemplo, no acudió junto al príncipe Alberto – que llevó por primera vez a sus mellizos, de tres años- y a la princesa Estefanía a la inauguración del Festival Internacional del Circo de Montecarlo, que celebraba su 42ª edición, como siempre apoyado por la familia Grimaldi. Aunque estos hermanos no suelen coincidir en actos públicos, en noviembre de 2017 sí lo hicieron en el homenaje tributado en el teatro que lleva el nombre de su progenitora para ver una de sus películas con motivo del 88 aniversario de su nacimiento.


Según las revistas de la época, cuando Grace Kelly vio que su primer descendiente era una niña no paró de llorar. Y es que el matrimonio prefería que su primogénito fuera varón para así dar un heredero al trono monegasco. Carolina fue creciendo y en poco tiempo se convirtió en una atractiva joven que destilaba estilo y mucha elegancia. En su adolescencia se convirtió en un auténtico icono de moda, así como en una de las chicas mejor vestidas del mundo. Todas las revistas hablaban de ella y todos los modistos querían vestirla. Luego, recién cumplidos los 18 marchó a París para estudiar en la Universidad empezando allí a salir, a asistir a conciertos, desfiles y elitistas fiestas hasta altas horas de la madrugada (entorno en el que conoció al ‘playboy’ multimillonario Philippe Junot, del que se enamoró). Dicho romance disgustó muchísimo a la familia, aunque finalmente tuvo que aceptarlo y acabó en boda en 1980, aunque el matrimonio duró solo dos años. Tras él vino la separación y una relación con el tenista argentino Guillermo Vilas.

Mientras, la trágica pérdida de Grace Kelly en 1982 marcó la vida de nuestra protagonista. De hecho, Carolina, a partir de entonces se convirtió en la Primera Dama del Principado (honor que ostentó hasta 2011, cuando su hermano Alberto se casó con la sudafricana Charlene Wittstock). El 29 de diciembre de 1983, Carolina pasó de nuevo por el altar con el que se convertiría en el amor de su vida, Stéfano Casiraghi, padre de tres de sus cuatro hijos que falleció en un accidente acuático en 1990. Tras este varapalo, la princesa se refugió en su dolor y se aisló junto a los suyos en Sant Rémy de Provence.


Sin embargo, dos años después volvió a sentir la llamada del corazón, en esta ocasión con el actor Vicent Lindon, relación que, tras cinco años, se tornó en gris, dirigiendo sus ojos con posterioridad hacia los de un aristócrata alemán, Ernesto de Hannover, con el que empezó a relacionarse a pesar de que estaba casado con una de sus mejores amigas, Chantal Hochuli. En 1999, finalmente, volvió a intercambiar alianzas embarazada de la que sería su cuarta hija con el príncipe germano. Una unión que se fue degradando por el fuerte carácter del alemán, agravado con sus excesos con el alcohol (hay quien todavía recuerda su “ausencia” en la boda Real entre los actuales Reyes de España aquejado por una profunda resaca).


Carolina, la hija rebelde de Rainiero y Grace, a sus sesenta y un años tiene una existencia apacible y sosegada, sin pasiones ni escándalos, a pesar de no haberse divorciado de su tercer esposo. Acude a los actos precisos que le marca el Principado pero nunca junto a la mujer de su hermano Alberto (su trato es casi nulo), y siempre derrochando clase y estilo. Por si fuera poco arranca 2018 muy feliz tras conocer que volverá a ser abuela (ya lo es de cuatro nietos) por partida doble. Es el triunfo de la serenidad tras un vibrante pasado lleno de intensas experiencias.

 

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