¿Por qué vamos a Eurovisión?

 

 

Todos los años la misma cantinela. Que si llevamos una buena opción, o podría ser mejorable, para Eurovisión. Que si deberían cantar mejor en inglés a español. Que si estamos entre el “top five” y tenemos muchas oportunidades porque nuestros candidatos están muy bien valorados. Y todos los años, sin excepción, nos traemos el mismo mojón (con perdón de la contundencia) de nuestro paso por este certamen. Cierto es que a veces, como con Pastora Soler o Ruth Lorenzo, es una caca mejor posicionada pero, sea como sea, un buen truño es lo que nos tienen reservado siempre desde el Festival.

Y claro, con todo lo que cuesta, con todas las ilusiones que los Eurofans van dejándose por el camino, con todo lo que nuestros representantes (mejores o peores, en eso no voy a entrar ahora) se vuelcan en los prolegómenos de la historia… Al final a mí siempre, de todo esto, me queda una pregunta rondándome la cabeza: ¿De veras merece la pena? ¿Es nuestro sitio? ¿Tiene sentido acudir a un concurso donde se sabe de antemano que la posibilidad de alzarse con la victoria es casi inexistente?

Permitidme que, como poco, exprese mi humilde duda al respecto. Además, en esta edición, en la que, aunque son muchas las voces que apoyan a los jóvenes Amaia y Alfred, a mí es que encima su canción me parece ñoña y una fórmula para explotar más el filón que TVE ha vuelto a encontrar recuperando “OT”. Vamos, que en 2018 tenemos un supermojón al cuadrado. De ida, y de vuelta.

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