No agites, acaricia el corazón

El otro día me decía alguien que no podía creerse que yo no estuviera ennoviado porque, según esta persona, era guapo (tampoco es para tanto), culto (pienso igual que en lo de la belleza), y tenía la cabeza “bien amueblada” (que fue el piropo que más me gustó). Luego, pensando, concluí que, ciñéndonos a esos tres elementos –que, a primera vista, muchos valoran y consideran base para cualquier relación-, a algunos debe resultarles extraño que haya quien opte por estar solo pero claro, si uno echa la vista alrededor, el “patio” está para salir corriendo.

Así, durante la cena de gala del “Starlite” (la de Banderas, me refiero), coincidí en la mesa con compañeros periodistas que me pusieron al día de algunas de las parejas más “ejemplares” de nuestro país. Gente que desde fuera son un ejemplo de cariño y complicidad y que, si rascas un poquito, esconden historias de celos, enfrentamientos y, para mí lo peor de todo, infidelidades (si bien esto tampoco es tan raro porque, según una encuesta reciente –centrada solo en los que lo confiesan-, un 39% de los españoles han sido infieles en alguna ocasión). Sea como sea, me hablaron de un famoso torero (tampoco me sorprende demasiado porque es un colectivo donde la cuestión de los “cuernos”, por razones evidentes, es frecuente) el cual, a la vez que su matrimonio, mantenía un romance con otra mujer en el otro lado del Atlántico. Y debe ser cierto porque, curiosamente, comentando esta misma historia con una amiga que por un proyecto profesional estuvo cerca de ambos, vino a concluirme que, desde hace años, también ella lo sabía.

Raro es el día en el que no me sorprenda algún relato real, como las películas del mediodía de Antena 3, de personajes, famosos o anónimos, que montan su vida sobre una especie de farsa. Cantantes que no dejan pasar la oportunidad de, estando casados, ligar con alguna chica que se les presente en el camino o amigos de amigos que te confiesan, por ejemplo, que han pasado dieciocho años de malos tratos (con palizas y puñaladas en el pecho incluidas) y que, por fin, han terminado el sufrimiento conyugal (les aseguro que nada de esto me lo invento).

Miguel Ángel Silvestre, en una entrevista reciente, afirmaba (él precisamente que tendrá posibilidad de disfrutar los encuentros más tórrido que podamos imaginar) que la “pasión te vuelve impulsivo y acabas metiendo la pata” y lo mismo puedo parecer un poco frío pero, por mi parte, prefiero entregar mi corazón a quien lo sepa, más que agitar, acariciar. A quien le haga reír, lo cuide y lo alimente con buenas conversaciones y ternura. A quien me ayude a crecer como ser humano. Mientras, abrazarse a la almohada no es tan mala opción. No ronca y sé que me todas las noches me espera sin intención de dejarme por otro. Será que, como a Manuel Machado, “mi voluntad se ha muerto una noche de luna en la que era muy hermoso no pensar ni querer”…

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