Manolo Monteagudo “Los artistas siempre hemos vivido en el alambre”

Dieciocho años sobre los escenarios, tres importantes premios de teatro y más de setecientas representaciones avalan a “Tai Viginia”, de Manolo Monteagudo, como una de las comedias más aclamadas de los últimos tiempos a pesar de estar basada en la triste historia de una anciana con Alzheimer

Josan Muñoz

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Actor de vocación, Manolo Monteagudo se enamoró del teatro cursando bachillerato y cambió su proyecto de vida para dedicarse a una profesión a la que se ha entregado en cuerpo y alma y que ha sido su único sustento económico. Lejano a la fama que aporta la televisión, aunque haya tenido algunos fracasos cuenta con importantes éxitos como “Tai Viginia”, monólogo inspirado en la historia de su madre donde la soledad de una anciana y sus penurias diarias son analizadas desde el prisma del humor. Lágrimas y carcajadas en una función con la que todos nos sentiremos identificados.

-¿Por qué eligió éste camino laboral tan complejo?

-En bachiller tuve una profesora de griego enamorada del teatro. Con ella hice “Un marido de ida y vuelta”, de Javier Poncela, y después “Antígona” y, a partir de ahí, vi claro un futuro que nunca antes me había planteado. Empecé la carrera de Geografía e Historia pero lo comparaba con mi verdadera pasión y la diferencia era abismal. Necesitaba desarrollar mi creatividad, la imaginación… Estudié en el Instituto del Teatro, que tristemente cerraron, y al que pertenecieron figuras como Paz Vega, Paco Tous, Mariano Peña, Alex O´Dogherty o Paco León.

-Muchos artistas están pasándolo mal ahora…

-Estamos en una situación crítica, pero las artes siempre han estado en crisis. En este momento en que todos lo tenemos difícil se tienen que asustar más los que disfrutaban de un trabajo estable porque nosotros, los artistas, siempre hemos vivido en el alambre, sin saber donde estaríamos el mes que viene. Quien se dedica a esto es porque lo ama y se siente feliz desarrollándolo porque es un examen continúo. No es como una plaza en Correos. Aquí nunca sabes si te llamarán o no.

-¿Qué ha sido lo mejor y lo peor?

-No tengo un nombre conocido mediáticamente pero podido vivir de lo mío, jamás de otra cosa. Hay compañeros que han tenido que servir copas entre unas funciones y otras. Es normal en un actor estar en paro varios meses, y cuando no me han ofrecido cosas, me las he inventado.

-¿Ha sufrido fracasos?

-Claro, porque me he arriesgado. Te enseñan más los fracasos que los éxitos. El escenario supone un compromiso total y una entrega al cien por cien. Si no, no te merece la pena a ti ni al público. Es la profesión más generosa, porque te muestras entero, pero no puedes estar siempre peleándote por lo que no has logrado.

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-‘Tai Viginia’ es su mayor triunfo… ¿Cómo surge?

-Parte en muchas cosas de mi madre fallecida, que tuvo un proceso de Alzheimer durante diez años. Era una persona muy entrañable y agradable pero le surgían los desconciertos que acarrea tener esta terrible enfermedad. Comencé a hacerla hace casi dos décadas y me sirvió para entender su situación y darle un objetivo artístico. Repito mucho el “¡Ay, qué pena!” que decía en su primera etapa, cuando era consciente de que estaba perdiendo facultades. Luego llega ese momento en el cual dejan de sufrir y comienzan a hacerlo los familiares. Mi personaje no es mi madre, tiene un poco de cada anciana, y es una señora difícil de llevar.  En la demencia hay un volver a la niñez, la vergüenza se pierde y lo mismo te da un beso que te suelta un guantazo.

-¿Cuál es el secreto de la obra?

-Que no pasa de moda. Lo estrené en el 96, he recorrido toda España y, aunque me introducía en otros proyectos, siempre volvía a ella. Toca el drama, la comedia, la vejez, la soledad, la locura… y todo atañe al ser humano. Se trata de una gran tragedia disfrazada de humor, te mueres de risa. Es hacer comestible la píldora amarga.

-¿Qué diría su personaje de la juventud?

-Que van como locos y que son unos calentones, haciendo guarrerías en público, tirando cristales en el suelo para que luego ella se los clave en las zapatillas y dejando por todos sitios peste a meados.

-¿Y de la comida rápida?

-Ella comería en el McDonalds, se le caería el Ketchup por los brazos y lo chuparía sin ningún problema, y además racanearía pidiendo mas sobres. Los mayores no tienen pudor. Todos tenemos un puntito tacaño, protestón o incorfonmista, pero ellos no lo ocultan aunque sea políticamente incorrecto.

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