Lo de cerca no es peor

 

Deberían sentirse muy orgullosos los miembros del Ateneo de Sevilla de tener una carroza con un personaje infantil, originario de nuestra tierra y tan querido, como Yupita. Una payasa que nada tiene que envidiar en cariño popular a los ídolos de los niños creados por Disney u otras factorías y con la que, por tercera vez ya, tuve la suerte, la tarde de Reyes, de vivir en primera persona la Cabalgata de Sus Majestades.
Claro que, como suele pasar, como es nuestra, lo mismo no le damos el valor que tiene pero puedo aseguraros que, subido en su carroza, fui testigo de cómo la gente vibraba de emoción a su paso, llamándola a gritos de “¡Yupita, Yupita!” mientras ella hacía eso que tanto le gusta de entregar a los demás su mejor sonrisa. A mi lado, el estilista Paco Cerrato, un niño más durante un recorrido perfecto en tiempo –para mí que ése debería ser el modelo de duración a seguir-, a causa de la amenaza de esa lluvia que aguantó como una jabata hasta el último tramo. Cosas de la magia de esa jornada.
Ahora, cuando recuerdo las caras de niños y mayores, cuando aún sigo escuchando su rugir en las calles, vuelvo a dar las gracias por las experiencias tan hermosas que la vida me permite vivir. Y me reitero en que no seamos tan estúpidos de despreciar o minusvalorar la grandeza cercana. Ni todo lo que viene de fuera es tan maravilloso, ni lo que tenemos al lado, peor.

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