Las lágrimas de Julián

La vida no se queda con nada de nadie y, por desgracia, ninguno, por fuerte que se crea, se va de aquí libre de pagar lo malo que haya hecho. De hecho, nuestro camino es un ciclo durante el que a veces estamos arriba y, a veces, abajo y donde, si no aprendemos de lo que hacemos mal, estaremos condenados una y otra vez a repetirlo hasta que la lección nos quede clara.

Eso es lo que me transmite la imagen de Julián Muñoz cuando el viernes salió por vez primera de la cárcel después de tres años allí privado de libertad. El ex de Isabel Pantoja llevaba encima, en lo que su cara y cuerpo transmitía, la tristeza y el arrepentimiento por unas acciones equivocadas que han terminado causándole una enfermedad “grave e incurable” por la que la justicia ha decidido dejarle disfrutar de algunos ratitos “por razones humanitarias”.

Julián, que se reía del mundo, que se burló de la justicia y que presumió de haber encontrado el “amor de su vida” mientras su mujer se lamentaba de su actuación, era esperado fuera de prisión por el abrazo de sus hijas y sus seres queridos. Esos que entienden que somos humanos y nos equivocamos y que no suelen fallarte cuando de veras lo necesitas. Recupero, ahora que acabamos de pasar la Semana Santa –y para los que se sienten por encima del bien y del mal-, aquello de que “quien esté libre de pecado, tire la primera piedra”. Tampoco se trata de hacer leña del árbol caído.

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