Las dos caras de la indiferencia

La indiferencia tiene dos caras que, aunque en el resultado provoquen lo mismo, en el origen resultan totalmente distintas. Una, la más terrible, es cuando alguien (o algo) te provoca el no provocarte nada o, lo que es lo mismo, la ausencia alguna de sentimiento (¿existe algo peor que eso?). Normalmente, a ese tipo de indiferencia llegamos tras dar todo lo que podíamos dar encontrando una respuesta tan negativa que optamos por plantarnos y dejar abandonado dicho campo infértil con una sensación de vacío absoluto (por ambas partes) que, mientras menos la experimentemos, mejor. La otra indiferencia, en el fondo, es hasta divertida y, en general, suele nacer de nuestros temores, inseguridades o inmadurez. Aparece cuando deseamos marcar en apariencia las distancias con alguien aunque, en el fondo, no podamos dejar de pensar en esa persona y de intentar saber de ella sin que lo note, eso sí, para que no piense jamás que despierta en nosotros interés (es lo mismo que intentar tapar el sol con un dedo con lo que, o estamos muy ciegos, o sabemos, por la energía que se desprende, que eso está ahí a pesar de que queramos ocultarlo).

KIKO RIVERA PRESENTA SU EXITO "ASI SOY YO" EN LA FIESTA DE CIERRE DEL CARNAVAL CAPITALINO

destacado_opinion_200714Pues las dos “indiferencias” se dan de continuo en el día a día y, si las extrapolamos a información social mucho más puesto que, desde siempre (algo que nunca he entendido), se ha identificado este tipo de periodismo con algo menor y, o bien es ignorado por parte del público (el menos), o bien es seguido de forma más o menos clara (aunque no se quiera reconocer). Y así, especialmente el sector masculino, presume de no seguir noticias como esas a las que damos cabida en estas páginas si bien, paradójicamente, las controlan “al dedillo”, leen las revistas donde se publican y siguen programas como el especial que esta semana ha dedicado Telecinco a Kiko Rivera. Un reportaje de setenta minutos que se distribuyó a lo largo de un espacio de cuatro horas donde tuvimos oportunidad de conocer mejor (por si quedaban dudas) al hijo de Isabel Pantoja, reconvertido en ¿artista? y objetivo de las burlas y críticas de un conjunto de tertulianos que, casi todos, se empeñaron en echarle, sin piedad ni miramiento alguno, tierra encima. Me recordaba, sin querer ofender a Kiko, a aquello que hacían las cortes medievales con esos bufones a quienes los nobles tenían para insultarles, gastarles todo tipo de bromas y reírse a costa suya mientras los pobres no podían sino soportar la situación. Es más, estaban tan hechos a eso que, por las dos partes, se asumía como algo normal. Igual que sucedía en los circos romanos o en tantas y tantas celebraciones en las que la sociedad se desahoga a costa de los más débiles.

Sin embargo, si Kiko Rivera está donde está, y gana lo que gana en sus conciertos y apariciones televisivas, es porque el resto lo vemos. Nosotros los que hemos convertido en referentes a personajes como él (o Belén Esteban, o Rosa Benito, etcétera) cayendo en la trampa de que, ese espejo, nos devuelve una imagen de la que lo mismo ni siquiera somos conscientes. Así que, regresando al principio del texto, valoremos si, ante toda esta “parada de los monstruos”, nos nace indiferencia (y de qué tipo) y, en cualquier caso, asumamos con humildad las consecuencias.

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