Entre la llama y la luz

ROCIOCARRASCOEsta semana me ha llegado una de esas frases que te impactan y que, por tocarte alguna fibra sensible en una etapa determinada, decides adoptar. Parece increíble pero la vida es un perfecto puzle donde, poco a poco, todas las piezas terminan encajando ya que, ese pensamiento del que les hablo, procede del mismo autor del texto que, este pasado año (en el que tanto estoy aprendiendo y donde estoy ordenando tanto de mi interior), me ha maravillado en su versión musical. Me refiero a Víctor Hugo y “Los Miserables” la cual, rizando más el rizo, ha sido una función que nunca me terminó de atraer y que, precisamente al descubrirla, más me ha fascinado. Y así es todo: elementos que giran alrededor nuestra y que, cuando llega el momento –si vamos preparándonos para ello-, encajan a la perfección entre sí para, como si de la conexión de un circuito eléctrico se tratase, iluminar eso que tanto enriquece como es la experiencia.

El caso es que el escritor consideraba que “En los ojos del joven, la llama arde y que, en los del maduro, brilla la luz”, reflexión que descubrí el mismo día en el que Josan Muñoz, en la contraportada de este periódico, escribía acerca de Rocío Carrasco, recuperada para la televisión gracias a “Hable con ellas”. Ahí reapareció el lunes la popular “Rociíto” para, entre muchas declaraciones, reconocer cómo había sido una muy rebelde joven que, a pesar de las advertencias de su madre en muchos sentidos, había decidido cometer errores de los que se arrepentía tanto como su poco consciente intención de ser modelo o, más allá, su enlace imposible con su ex marido, Antonio David.

destacado_opinion_190714Claro que, por muchos consejos que “La más grande” diera, por mucho que intentara hacerle comprender que las cosas eran bastante diferentes a las que ella tenía delante, su “pequeña”, por un lado, no estaba en sintonía respecto al mensaje de su madre pero es que, además, para “Rociíto”, eso que vivía ella misma era tan real como la más amplia perspectiva de su progenitora. Es decir, las dos realidades convivían aunque con una clara diferencia: una era alumbrada por la “llama” y la otra se percibía mucho más clara y serenamente gracias a la “luz”. 

La verdad es que desconozco cuánto tarda y cómo se produce el tránsito entre esas orillas del río en el que navegamos. Supongo que dependerá de la corriente y de cuánto invirtamos en nadar en su contra pero lo cierto es que, tarde o temprano (y mejor que sea así y lo más pronto posible), el “clic” se produce y todo comienza a transcurrir no con menos quebraderos de cabeza pero sí con más sabiduría para afrontarlos. Es entonces cuando lo importante de veras se sitúa en lo más alto de nuestra escala de valores y lo superficial cae en picado hasta casi el olvido.

Es igual a lo que, casi con toda probabilidad, le pasará a María Isabel Pantoja dentro de unos años cuando, haciendo balance, descubra que lo suyo con Alberto Isla, desde fuera, olía a lo que, al final, ha terminado siendo: una sucesión de locuras de juventud las cuales le han conducido al mismo camino (el que señala a “mamá”, en su caso, Pantoja), que a la mencionada hija de Rocío Jurado. Al final, es evidente que el aprendizaje es duro pero, bien empleado, no es menos cierto que merece la pena.

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