El sabor agridulce del pasado

Hoy día entiendo cuando Melanie Griffith decidió quitarse el famoso tatuaje de su brazo donde, dentro de un corazón, ponía el nombre del que fuera su amado Antonio. Y también comprendo si a mi admirada Sonia Ferrer no le apetece hablar sobre la boda que anuncia a bombo y platillo su ex, Álvaro Muñoz Escassi, quien, por lo visto, el próximo jueves contraerá matrimonio con su novia, Raquel Bernal (millonaria venezolana que ha convencido al jinete a perder su soltería). Al igual que empatizo con Ivonne Reyes, cansada de la lucha que mantiene con Pepe Navarro el cual, seis años después, ha decidido someterse a la prueba de paternidad de Alejandro después de haberse negado, por tres veces, tiempo atrás.

Porque hay personas que uno se encuentra en el camino con las que, tras cruzarse el delgado límite entre el amor y el desamor (odiar me parece demasiado feo), uno deja de tener ganas de saber de ellas, sintiendo una tremenda pereza cada vez que, por lo que sea, su nombre aparece en cualquier conversación. Es esa gente que deja un sabor agridulce en tu vida y que, si pudieras, como hizo Melanie con su tatuaje, quisieras borrar de una trayectoria de la que, lo único bueno, es la experiencia obtenida de saber dónde no quieres regresar nunca.

Lamentablemente hay seres humanos malos que disfrutan haciendo daño y que, bajo apariencias angelicales, esconden más de lo que uno jamás pudiera llegar a imaginar. Son sombras del pasado tan siniestras que, mientras menos nos las recuerden, mucho mejor.

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