El engaño es el problema

Plantea estos días Arturo Fernández en el Lope de Vega –que, inexplicablemente, pisa por vez primera en su vida-, un debate tan antiguo como el propio ser humano: la fidelidad en la pareja. Una espinosa cuestión que él resuelve concluyendo que el hombre es infiel por naturaleza y que, como se lleva en los genes, la infidelidad “de cintura para abajo” no tiene importancia.

Claro que esto es como cuando uno comete un pecado a sabiendas de que Dios nos lo perdonará todo y que, por tanto, no pasará nada porque, en su infinita bondad, el de arriba es consciente de nuestras debilidades y por eso podemos cometerlas si existe voluntad posterior de arrepentimiento. O dicho de otra manera, Arturo no hace sino adaptar a su conveniencia masculina y seductora algo que, al final, lo peor y menos perdonable que tiene es el engaño.

Ése es el gran problema de la infidelidad. No el estar con otras personas, ni el besar otros labios, ni el tocar otra piel… No, no, no. Mentir, traicionar la confianza, urdir un plan para satisfacer una pasión pasajera a espaldas de nuestra pareja es lo más execrable y lo que provoca que, al enterarnos, algo, que nunca vuelve a arreglarse, se nos rompa por dentro.

Recuperando una frase de Nietzsche, “lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti”. Triste, desalentador pero real. Al menos en un mundo como el mío donde los valores siguen teniendo un lugar destacado. Y es que, aunque duela, si no hay verdad, nada me interesa.

(Visited 88 times, 1 visits today)

Leave a Reply