El amor no tiene tiempo

Muchos son los que hablan del amor. No tantos los que lo sienten. Porque al amor se le ponen demasiadas cortapisas, siendo tal vez la mayor de todas, la del tiempo. Parece que el amor debe ser duradero para serlo. Lo mismo perdonamos la edad, la distancia y hasta las diferencias sociales pero el tiempo, no. De hecho, estoy cansado de escuchar aquello de que, cuando alguien rompe una relación -breve o más prolongada-, no “ha tenido suerte en el amor”. Como si el que te amen un año, un mes o un día tuviera menos valor.

Mi vida está llena de amor. Amores la mayoría breves. De un instante, de una mirada incluso. Pero tan reales, o tal vez mucho más consistentes, que aquellos que se mantienen durante mucho pero que, en el fondo, están huecos y, por tanto, vacíos. Amores que no siempre han supuesto sexo pero que han latido en mi pecho con tanta fuerza que, al recordarlos, siguen ahí, presentes, tan vivos como cuando brotaron de mi interior.

Piensa, tú que lees estas líneas, en la historia más universal de todas las historias de amor: Romeo y Julieta. ¡Cuán fugaz fue aquella pasión adolescente y cómo sigue siendo la imagen del summum de lo que dos personas pueden experimentar una por otra! Da igual las generaciones, da igual si la manera de conocerse es en una fiesta de máscaras, por una aplicación del móvil o en Manhattan de los 50, cuando alguien tuvo la genial idea de actualizar el argumento de Shakespeare y convertirlo en un musical llamado “West Side Story”.

Ése que se representa en la actualidad en la cartelera madrileña (en el Teatro Calderón) y que, hace poco, tuve oportunidad de disfrutar gracias a la gentileza de mi querido Dani Mejías. Un maravilloso montaje, fiel al original y a la película, en el que todo funciona a la perfección -desde la iluminación hasta, cómo no, el sonido de la orquesta en directo- dentro de una compañía en la que destaca Tania del Val, como María, y, en especial, Javier Ariano, una de las voces masculinas más hermosas que he escuchado desde que tengo uso de razón. Sin ser especialmente alto, con ese aspecto aniñado pero firme que el personaje de Tony requiere, este joven actor capta enseguida la atención del público gracias a unas cualidades como cantante que obnubilan con cada nota que sale de su garganta.

Allí, mientras tenía lugar el desarrollo del espectáculo, volví a pensar lo afortunado que me considero de, aún hoy, seguir creyendo en el amor… a mi manera. Sin límites, sin miedos, sin obligaciones. Sin importar si, como Romeo, Julieta o Tony, se muere en el intento. Porque lo que cuenta, al final, no es la largura del camino, sino el camino en sí. Sigamos andándolo. A ver qué es lo siguiente que nos depara…

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