Como en la antigua Roma

Este verano he estado en Pompeya, una de los viajes que, desde siempre, más ilusión me hacía. Allí he visto sus calles, las casas en las que vivían sus habitantes, sus plazas, el prostíbulo, las termas… Y, cómo no, el teatro y el circo, lugares de divertimento esenciales para una sociedad en la que los gladiadores se mataban en la arena ante la mirada pública que, más o menos sorprendida por aquello, consideraba aquel “espectáculo” parte de su cultura.

Más de 2.000 años después de que el Vesubio hiciera estragos en esta localidad italiana, las cosas han cambiado, desde luego, pero no tanto como pensamos. O si no, ¿a qué viene que le hayan tirado piedras a David Bustamante durante una actuación? ¿Cómo podemos permanecer impasibles en un concierto con alguien al lado cometiendo tremenda barbaridad? Y más allá, ¿no se nos cae la cara de vergüenza de asistir a ese espectáculo en los medios y no levantar ni un dedo?

Desde que el cantante se ha separado de Paula Echevarría -y antes incluso-, es evidente que se está intentando hacer leña del árbol caído y que, posiblemente, él sea consciente de ello y refleje -con su semblante serio-, la tensión del que sabe que le ha caído una buena encima (de la que le va a ser difícil salir). Isabel Pantoja, Amaia Montero o hasta María Teresa Campos han sido también, por citar algunos ejemplos, linchadas públicamente porque, en el fondo, nos sigue poniendo eso de ver correr la “sangre”, aunque sea emocional. Una mala costumbre que, por lo visto, no estamos dispuestos a corregir.

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