Alain Vigneau, “Estamos enfermos de una santa seriedad”

El que es uno de los payasos más conocidos del mundo reflexiona en su libro, “Clown Esencial”, sobre cómo reírse de uno mismo

por Ricardo Castillejo

No es muy alto pero sí tiene una gran personalidad forjada con el paso de los años… y de la experiencia. Padre de cuatro hijos (de tres diferentes relaciones), Alain Vigneau sigue dejándose el corazón por amor y aprendiendo sobre algo tan difícil como es la vida, en torno a la que giran las reflexiones de su libro, “Clown Esencial”, que acaba de presentar en Sevilla. Un texto donde el francés defiende la necesidad de reírnos de nosotros mismos, algo que pasa, lo primero, por la autoaceptación de nuestras luces… y de nuestras sombras. Y es que, aunque uno se dedique al oficio de ser payaso, tras una fachada alegre pueden esconderse también tristezas de gran profundidad.

-¿Qué hay de cierto en el mito del “payaso triste”?

-El payaso es alguien sensible. Eso para empezar. Eso abre las puertas a ser un ser triste, pero no solo eso. Lo que sí es verdad es que muchos payasos tenemos necesidad de comicidad desde una infancia difícil en la que nos negamos a morir en el pozo de la depresión. Te agarras a la pared y, poco a poco, subes. Es esto… o morir. Chaplin decía que “nunca es tarde para tener una infancia feliz y que, la segunda oportunidad, depende de ti”…

Alain 13_-¿Sabemos reírnos de nosotros?

-No. Sabemos reírnos del otro con mucha perfidia, con humor afilado, como un cuchillo. Para lo otro hace falta quererse mucho y en eso no estamos muy entrenados. En la infancia, a través de la burla, se nos hirió: “Eres gordo”, “Te falta creatividad”, “No sabes jugar”… La carcajada es una celebración amorosa de nuestra tragicomicidad y mi trabajo en el libro es reparar ese vínculo de cariño con nosotros mismos. La vida es insegura, inestable y, entender nuestra parte cómica, nos lleva a una sonrisa benevolente.

-Propone un ejercicio que a usted le costó bastante…

-Me costó y me cuesta. Hay un refrán en México que afirma: “Uno enseña lo que tiene que aprender”. Imparto bien este arte pero soy el primero que lo necesita. Tenía un pacto con mi niño que me llevaba a pensar que, si eres demasiado feliz, se despierta el monstruo. Somos muchos los que vivimos a medio gas. Siendo profesional necesité más de diez años para reírme de mí. Estamos enfermos de una santa seriedad sobre la vida y sobre nuestra identidad.

-¿Es posible cambiar?

-Aprendemos a tomar distancia de nosotros y ése es el cambio. Dejamos de apegarnos al ego, de autolimitarnos… No tengo la misma energía con cincuenta que tenía con veinte pero he aumentado la capacidad de asombrarme de mí.

-¿Cuál debe ser el primer paso en este ejercicio que propone?

-Mirarnos en conciencia, explorarnos, celebrar nuestras luces y sombras, juntarnos con personas que nos acojan sin prejuicios y sin juicios. Ser benevolentes con nosotros. Amarnos pero sin ser arrogantes. Al contrario, cuando nos hemos conocido, amarse es un acto de humildad.

-Pero todo esto viene muy asociado a la edad, ¿no?

-Sí, está ligado al paso del tiempo, pero no siempre. Hay gente joven que sufre mucho, que se suicida, que no encaja con esta sociedad. Lo que sí es indiscutible es que, cuando la vida te da unas cuantas bofetadas, es cuando te pones en marcha. Al llegar a los cuarenta, sobre todo los hombres, pensamos: “Y yo, ¿qué?”. Te cuestionas en qué te has equivocado y ésas son sacudidas que te hacen analizarte.

-Son 56 años los que tiene… ¿Cómo ve las cosas desde ahí?

-Con humor… No me considero viejo. Tengo cuatro hijos. La mayor tiene 35 años y, la más pequeña, cuatro. Cuatro nietos, un quinto en marcha… Con una sonrisa te planteas: “¿Esto es la vida?”. Y no es decepción. He caído del paraíso unas cuantas veces, he vuelto a subir… Se piensa más en morir bien, en dejar todo ordenado… Yo hablo con mi padre cada día. No quiero perder una oportunidad de decirle que lo quiero.

-¿Y del amor? ¿Qué me cuenta? Muchos pierden la sonrisa (o la ganan) por él…

-Hay una frase que me inspira mucho: “Solo soy amor y dolor de amor”. Es parte del “pack” que incluye perder, no ser amado… He sufrido mucho por amor pero no me niego a no querer seguir amando, sabiendo el riesgo. Pero amar no es ser amado aunque, si amas, el mundo te devuelve amor. Soy una persona muy querida por mucha gente con un amor muy genuino. Amo y quiero a las personas. Todos lloramos y reímos el mismo idioma. La alegría y el dolor son similares en cualquier parte.Alain 7_

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